Avellaneda es la ciudad cabecera de la Provincia de Buenos
Aires y se encuentra separada de la
Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el Rio Matanza- Riachuelo, para cruzar de un lado al otro en transporte público,
solo se necesitan 10 minutos. Su nombre original fue Barracas al Sud, por la
gran cantidad de barracas establecidas a lo largo de la riberas del Riachuelo,
y hace unos años solo era considerada una ciudad “de paso” hacia el centro
porteño.
Hoy Avellaneda es una ciudad con cultura propia. Uno de los
lugares más característicos de esta ciudad es la conocida “Placita Alsina”, la
cual tuve la oportunidad de visitar contadas veces. Ubicada sobre Av. Mitre,
principal arteria vial de la ciudad, entre las calles Alsina y Gral. Lavalle, abarca aproximadamente una manzana, tiene un
patio de juegos muy modernos, y espacios para sentarse y pasar el rato, el
monumento a Nicolás Avellaneda se encuentra en el corazón de la plaza, y está
rodeado de espacios con césped y arboles. La última vez que visité el lugar
utilicé la línea de colectivo 17, lo tomé en el metro bus de la ciudad de Buenos Aires y solo tardé 25 minutos en llegar.
Es muy fácil viajar hasta allí por
la gran cantidad de colectivos que por allí circulan, llegan tanto desde otras zonas del conurbano
bonaerense como desde el centro porteño.
Aquella vez que visité la placita era pleno invierno y la luz del sol iba apagándose de a poco. Me
bajé del colectivo en Av. Belgrano y caminé un par de cuadras. Con las manos en
los bolsillos tratando de conservar un poco el calor ingresé a la plaza desde
la calle Alsina. Me encontré una placita colorida y ruidosa, invadida por niños
con guardapolvos y uniformes escolares que habrían salido de la escuela hacía pocos
minutos y poco les importaba el frío que a mí me desesperaba. Las madres
ocupaban los asientos mientras charlaban y tomaban mate, por lo que deduje que
tal vez, llevar a sus hijos a la plaza luego de la jornada escolar, ya sería
una costumbre. Crucé el patio de juegos en dirección a la calle Lavalle. Cerca
de los juegos y enfrente de la plaza, se
encuentra la parroquia Nuestra Señora de Asunción, en frente de ésta, unos
adolescentes jugaban a la pelota en remera, mientras otros esperaban su turno
para jugar, sentados en la puerta de la iglesia. La conocida Catedral de
Avellaneda tenía un cartel que detallaba los horarios en los que se podía
visitarla (lunes a viernes de 8 a 19 hs, domingos misa de 9 a 11hs). Observé
que la iglesia, si bien estaba rodeada de imponentes y altísimos edificios, no
dejaba de llamar la atención con su arquitectura relativamente moderna. A la
izquierda del edificio, y delante de éste se alzaba una inmensa cruz. Además en
la entrada, el pasto estaba bien cortado y los arbustos podados, dando cuenta
del buen estado y mantenimiento del establecimiento.

Salí de la Iglesia un
tanto apurada, esquivando un
amontonamiento de ropa que funcionaba de
arco improvisado y continué mi recorrido dirigiéndome hacia la Avenida
Mitre, donde estaba la feria de artesanos.
Los puestitos estaban ubicados en la zona de la plaza que da a la Avenida, y
sobre la otra calle, Gral. Lavalle.
Ingresé a la feria desde Lavalle, y comencé a observar lo que cada puestito
ofrecía. Todos los productos que se vendían
eran artesanales, y los precios
accesibles.
Apenas comencé a adentrarme en la feria, me invadió el olor
a incienso de vainilla que impregnaba el
lugar, mezclado con olor a madera.
Observé que muchos de los vendedores estaban trabajando y elaborando artesanías
al mismo tiempo que atendían y
conversaban, con mates de por medio, con sus vecinos de los puestos.
Se vendían objetos de
plata, madera, cuero, cerámica y vidrio, entre otros, también ropa y calzados.
Si bien a medida que el sol se ocultaba y la temperatura iba en descenso, el ambiente
de la feria era cálido y alegre. Había muchas personas paseando y deteniéndose en cada puestito. Por momentos
compradores y vendedores hablaban como si se conocieran de toda la vida, lo que
me hizo suponer que los vecinos solían comprar con relativa frecuencia en la
feria artesanal y ya conocían a los artesanos. Por eso, si bien Avellaneda
centro se caracteriza por la gran cantidad de edificios, locales y tránsito,
parece ser que perdura cierto sentimiento barrial, al juzgar por la relación
entre vecinos. Una conversación entre ambos me dio la razón; “¿cómo va eso?”
preguntó un señor al pasar por un puesto que vendía ropa, “acá la estamos
remando, José. Se pone un poco jodido a fin de mes” contestó el vendedor mientras
tejía lo que parecía una bufanda. Seguí caminando, esquivando gente y mirando
los estantes de cada puesto, hasta que llegué a uno en el que vendían adornos
de vidrio, me sorprendieron en especial unas pequeñas macetitas que contenían
unos cactus de vidrio de muchos colores. Los adornos eran muy lindos, y al
haber distintos tamaños los precios variaban desde $30 hasta $170. Compré un
adorno para regalar y me sobró dinero para comprar en otro puesto, una mini
cajonera de mimbre a solo $70. La feria es un lugar muy recomendable para comprar regalos,
dado que los productos son particulares y hechos a mano, además hay precios
para todos los bolsillos. Es preferible en mi opinión comprar allí antes que en locales de marcas masivas, porque
cada producto es único y da la sensación de que se regala algo especial a las
personas que queremos. La artesana que me vendió la cajonera de mimbre me comentó
que la feria abre todos los jueves y viernes de 10 a 21 hs. Me sorprendió mucho
como al avanzar la tarde, (ya eran las siete pero estaba muy oscuro) la feria se iba
llenando cada vez más de gente. Y me sorprendió porque la plaza está rodeada de
locales, y sin embargo la gente elige comprar artesanías.
Recorrí la feria hasta
que terminaron los puestos. A medida que me alejaba del monumento de la plaza, un
tanto aturdida por el ruido que generaban los colectivos, motos y autos, (ya
era hora pico, y la gente regresaba de capital federal de trabajar y estudiar) dirigí
la mirada atrás para observar el patio de juegos que ya estaba vacío y poco
iluminado. Los niños no estaban, ni siquiera
los chicos que jugaban a la pelota, y si bien estaba ya a varios metros de
distancia de la feria, el olor a incienso persistía con fuerza, o tal vez había
quedado impregnado en mi ropa. Al cruzar la Avenida Mitre tuve que preguntarle
a un vecino por la parada del 22, que no localizaba por ningún lado. “Fijate que los bondis que cruzan a Capital
paran todos allá” dijo señalando una parada de colectivos cerca de donde yo
estaba. (Los argentinos usamos la palabra “bondi” para hacer referencia al
colectivo). Me dirigí hacia donde el hombre me indicó, y esperé a que el próximo 22 parara en ese lugar. Me
senté y esperé unos minutos el bondi para regresar a mi casa en San Telmo,
después de haber pasado una linda tarde fría en la plaza céntrica de la ciudad
de Avellaneda.
Leila Bitar.
bitar.7@hotmail.com